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El drama de ser gay, negro y refugiado

    

 7 junio, 2019.  Esta es la historia de Jean Claude, un congoleño de 23 años que fue expulsado por su familia por ser homosexual, y encarcelado y violado por la policía de su país. Ahora malvive en Samos


 EL PERIÓDICO.- Habían recorrido los primeros 50 metros de mar cuando el traficante dejó el mando de la lancha y, después de desearles buena suerte a todos, saltó al mar para volver nadando a Turquía. Le entregó las riendas del motor a un camerunés que aseguró que él había pilotado antes, pero Jean Claude sabía que no era cierto, porque le conocía: su compañero manejaba motos; ni idea de conducir una lancha de goma hinchable. Nunca antes lo había hecho.


A Jean Claude, un refugiado llegado de la República Democrática del Congo, los traficantes le colocaron al lado del piloto camerunés, y le dieron la responsabilidad de guiar el barco y a su conductor hacia esas luces que refulgían al fondo. Eso de ahí, le dijeron los traficantes, es Grecia. Si iban recto llegarían. 


«Yo les enviaba nuestra localización por Whatsapp y ellos me iban diciendo: ‘Vais bien. Id un poco hacia la derecha. No vayáis por ahí, que el agua en esa zona está más movida’. Me dijeron que sabría que habíamos cruzado al otro lado de la frontera cuando perdiese la señal del teléfono. Pero que no dijese nada a los demás, porque todo el mundo empezaría a gritar y celebrar y podríamos acabar volcando», explica Jean Claude ahora, seis meses después de que eso ocurriese: consiguió cruzar a finales de noviembre del año pasado.


La persecución


Pero, las cosas acabaron complicándose: en un momento, el migrante congoleño se giró y vio, a sus espaldas, un barco de la guardia costera turca que les perseguía. Pensó que todo había terminado: que esa noche la pasaría en un calabozo en Turquía.


Habló con los traficantes, que le recomendaron que le pidiese al conductor –que celebraba su bautismo marítimo– acelerar todo lo que la lancha y sus escasos conocimientos le permitiesen. Lo hizo. Las olas lanzaban el vehículo hacia todos lados. Los tripulantes volaban encima. La luz a lo lejos cada vez refulgía menos. Acabaron cruzando la frontera: su teléfono perdió la señal y el barco que les perseguía paró. Habían llegado a Grecia. Era cerca de la una de la madrugada.


«Entonces vino un barco de la policía griega a rescatarnos. Cuando nos cogieron, todos pensábamos que habíamos llegado al paraíso. Sentí que estaba en un sueño. Estaba soñando. Pero al llegar vimos el campo de refugiados de Samos y cómo vivía la gente allí», explica ahora Jean Claude, y asegura que notó, ya desde el principio, que no eran ni serían nunca bienvenidos. «Recuerdo que en la primera noche uno de los hombres de nuestra lancha pidió algo de agua a un policía griego. Estábamos destrozados tras el viaje. El policía le contestó: ‘No hay. ¿Quieres agua? Vete ahí a buscarla. Ahí la tienes’», cuenta el joven que le espetó el guardia mientras le señalaba el mar. «Esa fue la forma de recibirnos».


Echado de casa


Jean Claude, en realidad, no se llama Jean Claude. Él mismo, dudando, reconociendo que le gusta la sonoridad del nombre, lo ha elegido: tiene miedo de que se le reconozca. De sufrir las consecuencias de hablar demasiado. No sería algo nuevo: ya le ha ocurrido.


Tiene 23 años y hace dos que salió del armario ante su familia. No es muy buena idea en el Congo: su padre le dijo que era una bruja y que su presencia allí solo traería maleficios y malos espíritus. Le desheredó y le expulsó de casa.


Es algo muy común en el país africano. «Ser gay significa estar excluido de la sociedad –dijo, en una entrevista hace unos meses, el periodista y activista gay congoleño Patou Izai, que lleva adelante una radio en la capital del país, Kinshasha—. Esto significa que muy pocos LGBTI se abren respecto a su sexualidad. Tienen demasiado a perder».


Orientación estigmatizada


Aunque el matrimonio entre personas del mismo sexo, en la República Democrática del Congo, es ilegal, las relaciones entre ellas sí están permitidas: la homosexualidad no está penada por ley. Pero eso no significa que no esté estigmatizada. A los homosexuales se los excluye del mercado de trabajo y muchos acaban viéndose obligados a ejercer la prostitución, actividad en la que, por supuesto, no reciben ningún tipo de seguridad ni protección social por parte del Estado: muchos acaban siendo procesados y encausados por violar las leyes de moral pública.


Huir de África


Jean Claude, después de ser expulsado de casa, se fue a vivir con algunos amigos, también homosexuales. Decidieron armar algunas protestas, hablar de sus problemas, intentar llegar a la gente: que los demás les entendiesen. Les salió mal. «La policía nos detuvo y nos llevó a un campo militar. Éramos unos 20. Nos pegaban a diario. Nos cogían uno por uno y nos daban una paliza y nos violaban con palos. Nos decían que éramos animales. Que no merecíamos vivir. Algunos, después de llevárselos, nunca volvieron», explica el joven congoleño. Las palabras, mientras habla, quedan suspendidas en el aire por unos segundos cada una. Jean Claude corta las frases a medias, no las finaliza, añade sonidos ininteligibles, resopla constantemente. Estuvo allí encerrado un mes entero, en junio del 2018: en esos días, dentro de esos barrotes, entre paliza y paliza, perdió a su novio.


Tan pronto como pudo salir de la cárcel, Jean Claude se hizo con un pasaporte falso, un visado de estudiante y un billete de avión para Estambul, donde conocía a otros congoleños de su comunidad que también habían huido de la persecución contra el colectivo LGBTI y que prometieron acogerle. Estuvo allí tres meses: «Recuerdo que llegué en agosto y encontré trabajo en una fábrica de falsificaciones de ropa y bolsos de marca. Cobraba 200 euros al mes trabajando de ocho de la mañana a ocho de la noche. Era horrible. Nos maltrataban. Nos pagaban una miseria para luego vender los productos que elaborábamos por 100 euros en París o Roma».


En manos de traficantes


El pasado noviembre decidió que no podía más: hizo una llamada y, luego, la historia que ya conocemos: la playa, la lancha de goma, el mar desbocado de madrugada, el conductor camerunés inexperto, las luces en el horizonte negro, la señal de teléfono. Grecia.


Pero antes tuvo que pasar por las manos de los traficantes, los que, explica, compinchados con la policía turca, les robaron todo a todos y forzaron a las mujeres jóvenes y bonitas a dormir con ellos a cambio de abaratarles el trayecto. «Lo vi con mis propios ojos, porque hablo inglés. Los traficantes me usaban como traductor», explica Jean Claude.


Ahora, desde su llegada, el congoleño vive en una tienda de campaña en el infame campo de refugiados de Samos, donde se hacinan 3.000 personas sin apenas agua, comida ni instalaciones sanitarias. Y Jean Claude se tendrá que pasar dos años más encerrado allí, esperando a que Grecia tramite su petición de asilo. Tiene su entrevista programada para el 26 de abril del 2021. «Vivo en una tienda con otros dos compañeros gays, y en el campo todo el mundo nos insulta y se ríe de nosotros. Nos dicen que somos demonios. Y la policía griega, cuando vamos a denunciarlo, pasa de nosotros. Samos es una cárcel. Si hubiese sabido que tendría que malvivir así, me habría quedado en Turquía».


«Si encontrase un trabajo me quedaría en Grecia –asegura–. No busco problemas ni nunca he hecho nada para ser tratado así. Estoy cansado… Ser gay en África es un problema. Ser gay en Turquía es un problema. Ser gay en Grecia es un problema. No sé…».