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UN AÑO DESPUÉS DE LA NUEVA LEY DE EXTRANJERIA
Transcurrido un año de la entrada en vigor de la Ley de Extranjeria,
no parece que los problemas que se señalaban como objetivos
a rectificar estén en vías de ser alcanzados. El efecto llamada,
adjudicado a la anterior legislación, no parece haberse disipado
a tenor del incremento de entradas irregulares que se han
producido. Por el contrario la imposibilidad de acceso a derechos
por vía del empadronamiento, la ausencia de un mecanismo de
regularización permanente que contemple el principio de arraigo
y que evite la irregularidad sobrevenida, junto a la imposibilidad
del ejercicio de derechos civiles de reunión, manifestación
y otros, construye un escenario de marginalidad y ocultamiento
de un colectivo amplio de inmigrantes abocados a una difícil
integración social y a ser pasto de las mafias y de las condiciones
de explotación más duras. Si a ello le unimos la negativa
sin motivación del visado, cuestionada por el Defensor del
Pueblo, y la mayor presión con la expulsión por diferentes
motivos que explicita la Ley, podemos afirmar que el cuadro
dibujado no es nada estimulador para la entrada irregular.
Y pese a todo siguen llegando a las costas, en pateras, como
turistas, o como sea, porque el hambre no conoce fronteras
y todo el mundo ,que tiene fuerzas, intenta buscar su oportunidad.
En suma, después de distintos procesos de regularización,
todavía quedan mas de 200.000 personas sin regularizar, ¿qué
va suceder con ellos?. Cualquier legislación tendrá que proponer
un procedimiento de regularización permanente accesible que
impida que estas personas sean carne de explotación, marginación
o delincuencia.
No es fácil la solución. Quizás no la haya mientras persista
la tragedia de esta desigualdad tan abismal que vivimos. Quien
piense que la alternativa es endurecer y cerrar fronteras
se equivoca; quien piense lo contrario, la eliminación de
todo tipo de control de entradas, se equivoca también. No
hay solución de un solo país, pero si puede haber actuaciones
mas humanitarias, una mejor gestión y control de los flujos
migratorios, unas políticas de acogida e integración social
en todos los niveles de la administración, y una sociedad
que sabe aprovechar todo lo positivo que tiene el fenómeno
migratorio para construir bienestar, mejorar la democracia
y avanzar por el camino de la interculturalidad. De no ser
así estaremos ofreciendo oportunidades a la intolerancia,
a aquellos que atacan a la sociedad democrática y de quienes
apuestan por el choque de civilizaciones como vía de reorganización
mundial. El racismo, la xenofobia, el ultranacionalismo, la
heterofobia, el antisemitismo o cualquier forma de intolerancia
impulsada por los fanáticos no tienen mas oportunidades que
las incapacidades de los demócratas en la medida que estos
últimos sigan irresponsablemente empeñados en dárselas.
Aumenta la intolerancia
Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el
último barómetro refleja un aumento de la intolerancia de
los españoles respecto a las costumbres de los extranjeros.
El 53,5% de los ciudadanos percibe que la sociedad es "poco"
o "nada" tolerante con las costumbres de los extranjeros u
otros grupos étnicos, un dato que revela un incremento de
cinco puntos respecto a la misma encuesta llevada a cabo en
diciembre del 2000 y que coincide con el período de vigencia
de la nueva Ley de Extranjería. El sondeo revela que el 43,4%
serían poco tolerantes, mientras un 10'1% son calificados
de nada tolerantes. Una intolerancia creciente que viene corroborada
por otros estudios locales como el de la Universidad Barcelonesa
de Vic que mostraba como 2 de cada 3 adolescentes, de entre
12 y 16 años, no entraría en un local en el que se encontrara
con inmigrantes magrebíes, o el realizado en Gandía donde
la intolerancia antigitana se observaba en el 53% de su población
que rechazaba vivir junto a familias gitanas. Una fobia muy
pronunciada frente al gitano y al magrebí, con episodios como
el intento de agresión al vicecónsul marroquí en Almeria o
la protesta por la construcción de una mezquita en la citada
localidad de Vic. Y es que la intolerancia latente crece y
se desarrolla peligrosamente en los últimos años ante la ausencia
de antídotos de ningún género.
Esta intolerancia social señalada por el CIS es el caldo de
cultivo que alimenta conductas discriminatorias y actuaciones
que incluso pueden caer en el ámbito del Código Penal. La
discriminación a inmigrantes y minorías étnicas en la entrada
a discotecas o pubs, viene acompañada de la dificultad para
alquilar una vivienda, incluso la negativa a una plaza de
guardería como hemos podido comprobar. Un triste ejemplo de
lo antedicho fue el asesinato del ecuatoriano Wilson Pacheco,
conocido por el crimen de Maremagno y protagonizado por unos
porteros de discoteca cuya brutalidad no debe ocultar que
los propietarios de ese local tenían 11 expedientes de sanción
por abusos en el derecho de admisión y uno de los matones
imputados, antecedentes por agresión. En este sentido es importante
subrayar que el derecho de admisión está regulado, exigiéndose
condiciones objetivas exhibidas públicamente y no discriminatorias,
lo demás es caer en la vulneración del principio de igualdad
de trato y por consiguiente cometer una infracción sancionable.
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