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Es el combate sempiterno por la dignidad, respeto, igualdad
y libertad de la mitad de la población mundial. Millones de
mujeres víctimas de malos tratos, violaciones, mutilaciones
genitales, agresiones psicológicas y económicas,..miles de
asesinatos, víctimas de una intolerancia criminal de naturaleza
sexista, recuerdan a nuestra sociedad del siglo XXI una causa
pendiente en la historia de la convivencia humana: la liberación
de la mujer. No solo sufren desigualdad respecto al hombre,
viven una opresión milenaria y sacrifican su independencia
y autonomía, las mujeres han tenido que soportar a lo largo
de la historia que se atentara contra su dignidad y su integridad
en silencio y en la privacidad familiar o social.
Cuando conocemos los escalofriantes sucesos que acabaron con
la vida de centenares de mujeres en los últimos años en nuestro
país, algunas de ellas inmoladas al fuego, tras denuncia en
los juzgados y en los medios de comunicación; cuando tomamos
conciencia de los ataques, letales o no, en presencia de los
hijos, familiares o compañeros de trabajo; cuando escuchamos
el grito de ayuda, el reclamo de solidaridad dirigido a esta
sociedad establecida, moderna y democrática que suscribe los
Derechos Humanos, nuestra razón se resiente al tener que soportar
alegaciones machistas sobre la exageración de las víctimas,
sobre el masoquismo o merecimiento del castigo o ante la ausencia
de salida a un problema de siempre que podría ser aún peor.
La violencia hacia la mujer no es obra de locos, afectados
por el alcohol o las drogas. El hombre violento sabe lo que
hace y por qué lo hace, le va bien y de momento le funciona,
busca coherencia en su justificación y quiere dar crédito
a sus amenazas. La fuerza y la violación de los derechos fundamentales
dela mujer son su herramienta para mantener a un ser humano
en la subalternidad al que niega autonomía y libertad, consciente
de la dificultad que tiene su víctima de probar y soportar
una situación que de forma cotidiana se da en el hogar.
Es preciso que los poderes públicos arbitren medidas que garanticen
la tutela efectiva de los derechos de las víctimas y el castigo
de los culpables. Es necesario cuestionar en la educación
y en los medios de comunicación los conceptos tradicionales
de masculinidad para evitar que los modelos que originan violencia
se sigan reproduciendo. Es urgente impulsar planes de actuación
contra la violencia doméstica, alejar al agresor del domicilio
conyugal, prestar protección policial y judicial a las víctimas,
agilizar trámites para procedimientos de nulidad, separación
y divorcio,..pero sobre todo, es preciso responsabilizarnos
todos de acabar con la indiferencia y la resignación que nos
hace cómplices de una intolerancia que degrada a la humanidad.
Cada vez que matan a una mujer, nos matan a todos un poco
y nos recuerda la vileza cainita de quien con su silencio
contribuye a que todo siga igual.
Esteban Ibarra
Presidente
Movimiento contra la Intolerancia
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