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El caso de Joaquín José Martínez ha resultado revelador, no
solo por cuestionar y convertirse en un alegato contra la
pena de muerte, sino por desvelar las miserias del sistema
judicial y penal norteamericano. El recorrido del ciudadano
español condenado a muerte en un juicio sin garantías, en
el que se habían vulnerado derechos consulares, donde las
pruebas incriminatorias se observaban manipuladas y en el
que su abogado de oficio estaba más preocupado por pactar
la autoinculpación a cambio de conmutar la petición de la
fiscalía de condena a morir por cadena perpetua, abría un
periodo que mostraría a la opinión pública, especialmente
en España, la sinrazón y crueldad de la pena de muerte, su
aplicación racista a ciudadanos sin recursos económicos para
defenderse y finalmente, los déficits del sistema judicial
norteamericano en muchos aspectos subalterno de las propias
actuaciones policiales.
En el último tramo de este periplo de cinco años, donde más
de tres Joaquín José los pasó en el corredor de la muerte,
hemos conocido y confirmado como en el reciente juicio el
médico forense reconocía haber cambiado su informe falseando
la fecha del suceso criminal a petición de los detectives
del caso, o como estos mismos policías declaraban, con perjurio,
incriminando a Joaquín José, o como se manipulaban testimonios
pese a que las principales pruebas del primer juicio, el video
y la declaración de su ex - mujer, ahora ya no se presentaban.
Pero el escándalo saltaba a la opinión pública al conocer
el presupuesto millonario para costear la defensa.¿Qué habría
pasado si no se hubieran conseguido 100 millones de pesetas
para financiar el equipo jurídico de Peter Raben? La respuesta
es que con un abogado de oficio, sin lugar a dudas el reo
seguiría en el corredor de la muerte. De ahí la importancia
de la solidaridad ciudadana que en apoyo al trabajo heroico
de los padres ha logrado una victoria histórica en la lucha
por la abolición de la pena de muerte y en el cuestionamiento
de sistemas judiciales que no se dotan de garantías y se subordinan
en múltiples aspectos a la iniciativa policial.
A la luz de los hechos solo resta reclamar lo irreparable,
resaltando como un ciudadano inocente, en plena juventud de
su vida, preso en el corredor de la muerte con una familia
obligada a un comportamiento heroico, víctima de un sistema
policial-judicial incriminado injustamente sin que nadie pueda
reparar ahora el daño causado. Ante este largo calvario pleno
de errores, que excluye la presunción de inocencia, que discrimina
al hispano, negro, chicano o al que no tiene recursos económicos
para garantizarse justicia, solo puede exigir que se depuren
responsabilidades de quienes mintieron bajo juramento, vulneraron
las garantías procesales y derechos de este ciudadano, y sobre
todo seguir luchando por las otras personas que permanecen
en el corredor de la muerte hasta la total abolición de la
pena capital.
Por cierto, la solidaridad institucional no esta para tirar
cohetes, la aportación económica del gobierno no existió,
tampoco las cámaras, no hubo ninguna representación institucional
permanente en la sala del juicio y se retrasaron con los papeles
burocráticos para su retorno. También aquí hay que sacar conclusiones.
Esteban Ibarra
Presidente
Movimiento contra la Intolerancia
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