El antisemitismo posmoderno
Mihály Dés
No es un viejo fantasma que recorre Europa, sino un mutante.
Una nueva forma del antisemitismo se está colando
en nuestra vida pública e, incluso, ha logrado una
buena reputación. ¿De qué se trata?
Y si fuera verdad, ¿cómo ha sido posible?
He aquí algunos apuntes al respecto, y como ilustración:
unas viñetas en las páginas 17 y 18 de este
número.
Tristes tiempos corrieron para el antisemitismo
después
de la Segunda Guerra Mundial. El Holocausto lo desacreditó tan
despiadadamente que tuvo que replegarse durante varios decenios.
Pero, como era de esperar, no desapareció. Los que,
como servidor, habían vivido en carne propia el socialismo
real, sabían que en la sombra prohibitiva del marxismo-leninismo
sobrevivía todo tipo de racismo posible. El que más,
el odio a los judíos.
En mi primer viaje a Occidente me enteré de que también
en el Mundo Libre el antisemitismo seguía vivo y coleando.
En París un bombero pluriempleado, con quien compartí el
noble oficio de cargar muebles, me explicó que el
mundo estaba dirigido por los judíos que, a la sazón,
tenían su cuartel general en Moscú. Desde entonces
me he seguido informado de otras fechorías hebraicas
y de otras sedes de su conspiración global: Amsterdam,
Varsovia y, naturalmente, Nueva York y Jerusalén.
Pero todo eso no era sino el viejo antisemitismo, temporalmente
limitado al uso doméstico. Para que el odio más
persistente de la historia volviese a ganar la plaza pública
hacía falta volverse política- mente correcto.
Era preciso encontrar una culpa universal para los hijos
de Israel, algo en la línea de antes: asesinos de
Jesús, usureros chupasangres, líderes del capitalismo
y del anticapitalismo… Esta oportunidad la ofreció el
Estado de Israel, cuya disputada creación, dicho sea
de paso, fue apoyada por la progresía mundial y votada
por los componentes del imperio soviético.
Pero las cosas se enredaron pronto. Los auténticos
intereses geopolíticos de la URSS estaban en el lado árabe
y el sionismo se convirtió en uno de los principales
enemigos del campo de la paz. Se embrollaron las cosas, y
mucho, también en Israel, pero no teman que trataré de
aclarar este asunto en el restante folio y medio.
El caso es que Medio Oriente, con Israel como su epicentro,
se ha vuelto en el punto neurálgico de la Tierra y,
por consiguiente, en el centro de atención de la opinión
pública internacional. Si las sucesivas guerras y
amenazas a las que el Estado de Israel ha estado expuesto
desde el mismísimo día de su creación
no han logrado despertar un sentimiento proárabe y
antiisraelí generalizado, sí lo ha hecho la
lucha del pueblo palestino, sobre todo en su versión
de Intifada. Según la opinión dominante en
el mundo islámico y entre buena parte de la izquierda
europea (en compañía de la extrema derecha),
Israel es un Estado represor, que está cometiendo
un genocidio.
Este radical diagnóstico ofrece la base ideológica
y sentimental de dos nuevos tipos de antisemitismo: uno islámico,
particularmente agresivo, y otro occidental, de origen izquierdista
y liberal. El primero se traduce en actos violentos. El segundo
de alguna manera los legitima.
Para un conocimiento sobre el antisemtismo islámico,
recomiendo consultar la página web www.memri.org,
que ofrece un archivo impresionante sobre las manifestaciones
antisemitas en los medios islámicos, desde la invitación
a exterminar a los judíos hasta la apología
del nazismo. El fenómeno no se circunscribe a Medio
Oriente. Desde septiembre de 2000, fecha de inicio de la
Segunda Intifada, ha habido y un incremento espectacular
de actos violentos contra instituciones y personas judías.
La web www.tau.ac.il/Anti-Semitism informa debidamente a
los interesados, quienes encontrarán abundante material
también en La nueva judeofobia de Taguieff (Gedisa,
2003).
Desprovista de los Grandes Relatos, desorientada como nunca,
parte de la izquierda occidental se ha volcado sobre la causa
palestina con el mismo maniqueísmo combativo como
lo hizo en su día en relación con la Unión
Soviética, la revolución cubana y otros despropósitos
históricos. Hasta aquí la historia de siempre,
pues. La novedad es que esa defensa indiscriminada e incondicional
de los palestinos empieza a incluir elementos específicamente
antisemitas.
Fíjense no más en esas caricaturas aparecidas
en diarios españoles ideológicamente muy diversos
sobre el conflicto palestino-israelí, de las que ofrecemos
una muestra en el presente número. En casi todas,
la figura del israelí es representada como el judío
de la propaganda nazi: un tipo siniestro y encorvado con
una enorme nariz ganchuda. En todas las viñetas se
insiste en algún tipo de paralelismo con el genocidio,
el nazismo, la svástica. El mensaje nada subliminal
es el de Saramago: ahora los judíos son como sus antiguos
verdugos. Comparar las atrocidades cometidas por Israel,
en permanente estado de guerra, con la eliminación
industrial de millones de seres humanos sin resistencia,
es una falacia histórica que justifica el mismo trato
con los israelíes que los nazis les dieron a los judíos.
Utilizando viejos símbolos hebraicos, las viñetas
borran la diferencia entre un gobierno concreto, los ciudadanos
de Israel, el sionismo, los judíos e, incluso, a veces,
los EEUU. He aquí la vieja conspiración judeomasónica:
los todopoderosos judíos son culpables de todo, inclusive
de los atentados contra ellos mismos.
Naturalmente, nuestros dibujantes estarían indignadísimos
si supieran que les acuso de fomentar el odio racial. Éste
es precisamente el signo distintivo del antisemitismo posmoderno:
no se reconoce como tal. Hasta ahora todos los antisemitas
de la Historia estaban encantados de serlo. Nuestras bellas
almas no lo saben o, al menos, no lo confiesan.
Extender la descalificación de un gobierno de Israel
a todos los israelíes y, a su vez, a los judíos
en general es tan atroz y racista como tachar a los musulmanes
en bloc de fundamentalistas o terroristas. Lamentablemente,
esto último también ocurre, pero sobre todo
a nivel popular y, por el momento, no está bien visto.
En el otro lado, en cambio, el trato maniqueo y perjudicial
se ha vuelto tan normal que uno ya ni se da cuenta. Yo mismo
he visto varias de esas caricaturas sin haberme alarmado.
Hace pocos días media Barcelona estaba empapelada
con unas octavillas firmadas por una tal Entesa Islam-Catalunya
y la Plataforma Joves per Palestina, declarando que “El
sionismo derrumbó a Europa en 200 años”, “El
sionismo planificó la estructura Económica
y política de Europa”, “El Sionismo controla
la ONU y el FMI”, “El Sionismo pretende ahora
acabar con el Islam y el Mundo Árabe”, “El
Sionismo controla el proceso de la Globalización Mundial”.
O sea, puro Mein Kampf. Pero como también exigían
una “Palestina libre”, su mensaje pasa, incluso
despierta adhesiones, tal como podemos constatar en todas
las manifestaciones por la paz y la libertad.
Empezando con la instauración del monoteísmo,
los judíos han dejado su impronta varias veces en
la historia universal, aunque sea mediante sus disidentes,
como Jesús o Marx, o su martirio, como en el caso
del Holocausto. Tiendo a pensar que también el conflicto
que están padeciendo ambos bandos en tierras bíblicas
tiene esa trascendencia universal. Y no sólo por cuestiones
geopolíticas. En una época de dramáticas
migraciones y dificultosas integraciones, de desigualdades
crecientes entre los países, de conflictos religiosos
y étnicos, de economías y violencias globalizadas,
Occidente está ante portem (o, incluso, algo más
adentro) de los mismos problemas que en Israel están
ya en una mortal colisión. Este conflicto difícilmente
se resolverá sin asistencia internacional, y el enfoque
que se le dará será lo que en gran medida determinará cómo
Occidente podrá abordar los mismos desafíos
en su propia casa.
El antisemitismo políticamente correcto que se ha
colado en nuestra vida pública contribuye generosamente
a que las cosas vayan peor para todos, así en la Tierra
Santa, como en la nuestra profana. En este sentido, entonces,
el nuevo antisemitismo es exactamente como el viejo.
REVISTA
DE CULTURA “LATERAL” (lateral-ed.es)
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