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Primero fue que el incremento de la delincuencia tenía una
de sus causas en la inmigración irregular; después el pañuelo
de la niña marroquí de 13 años, Fátima, que ponía en grave
peligro a nuestra civilización occidental; de ahí nos fuimos
al debate del multiculturalismo que gangrena la sociedad,
para finalmente, desvelar la amenaza de los imanes integristas
islámicos y sus peligros. Estamos ante una secuencia de falsos
debates y mientras tanto a nadie parece importar la grave
situación que viven inmigrantes, seres humanos, en Canarias,
o los problemas no resueltos de Almería o la ausencia de política
de integración que afecta a toda España.
La violación de derechos de los inmigrantes en los centros
de detención de Fuerteventura y Lanzarote llamó la atención
a la organización internacional "Human Rights Watch" que ha
denunciado las condiciones de vida de 300 personas encerradas
en un habitáculo de 20 metros de ancho por 20 de fondo. El
Defensor del Pueblo se ha sumado a la denuncia subrayando
que esas personas solo disponen de cuatro retretes y dos duchas
para todos, están hacinadas y sin ventilación, con agua fría
y sin comida caliente, además de no poder recibir visitas,
ni efectuar llamadas de teléfono. Mientras tanto el debate
social y político de la inmigración en nuestro país se sitúa
en la delincuencia, el pañuelo y el multiculturalismo preexistente.
No obstante, por no obviar los citados debates, quiero aportar
algunas consideraciones críticas con posiciones que prevalecen
socialmente.
Inmigrantes, no delincuentes
Uno de los discursos que mas daño esta haciendo a los inmigrantes,
perjudicando su integración social y su relación armoniosa
con la sociedad de acogida española, es el discurso de la
delincuencia. Además diversos responsables políticos y algunos
medios de comunicación al no efectuar en sus expresiones una
clara y rotunda distinción entre delincuente extranjero e
inmigrante, identificando erróneamente inmigración con delincuencia,
provocan peligrosamente el desarrollo del prejuicio xenófobo
que acaba convirtiéndose en pura gasolina que utilizan en
sus incendios los grupos racistas.
Es verdad que la delincuencia ha subido un 10%. Aquí no está
la discusión. Es más, quienes somos radicalmente defensores
de los derechos de las víctimas opinamos que esta cifra está
maquillada y que el crecimiento es aún mayor, como demuestran
los datos de la Fiscalía General. En lo que discrepamos por
injusto, faltar a la verdad y peligroso es en adjudicar buena
parte del problema a la inmigración, concretamente a la irregular
y al tan traído "efecto llamada". Y es que negamos la mayor,
los delincuentes extranjeros, sean individuales ó mafias,
no son inmigrantes, tengan papeles ó no, no han venido a trabajar,
como tampoco son turistas aunque muchos entren por esa vía,
son simple y llanamente delincuentes, eso sí extranjeros que,
como los nacionales, se aprovechan de los nichos de impunidad
que proporciona nuestro país.
Este discurso, explotado por Lepen en Francia mediante la
táctica de extender la responsabilidad de cualquier delito
cometido por un extranjero al conjunto de los inmigrantes,
expande la xenofobia. Y desde una mirada objetiva y éticamente
correcta, jamás se debe aceptar la criminalización del colectivo
de inmigrantes; ni siquiera de los que no tienen papeles,
pues además de ser falso que las 600.000 personas que desde
su situación irregular tramitan hoy su documentación sean
una bolsa de delincuencia, lo que sucede señalandoles como
"cabezas de turco" es que se ocultan las verdaderas causas
del problema.
Sin embargo las causas de este crecimiento del problema, que
no las raíces pues esto sería otro debate, no hay que buscarlas
en el chivo expiatorio de la inmigración y sí en legislaciones
incoherentes como la Ley del Menor u otras que facilitan la
multirreincidencia o la benevolencia con el delito, en la
ineficacia policial alimentada por un modelo, planes y falta
de medios que muestran el rostro de un fracaso, en la incongruencia
de muchos operadores jurídicos (fiscales y jueces) que no
actúan con el debido rigor y en una política de seguridad
ciudadana que se olvida de los ciudadanos y de su derecho
fundamental a la seguridad y a la libertad.
Además ni se pueden engordar las cifras catalogando como delito
una simple infracción administrativa, por no tener "papeles",
ni se puede silenciar que los delitos cometidos por delincuentes
autóctonos hacia inmigrantes, especialmente en el ámbito laboral,
han crecido casi un 400%, ni se puede obviar que el 60% de
delitos tienen que ver con la drogadicción y que la delincuencia
se dispara los fines de semana, precisamente cuando no hay
policía. Las víctimas del delito, los inmigrantes y la ciudadanía
democrática no nos merecemos esto.
Falso debate
Respecto al pañuelo de Fátima, el hiyab, sería conveniente
reparar que el quebranto legal es de quien discrimina directa
o indirectamente su acceso a la escuela, vulnerando incluso
la Directiva del Consejo Europeo que tiene rango de Ley, y
que es relativa al principio de igualdad de trato independientemente
de su origen étnico e identidad religiosa, y reparar también,
que cualquier denegación de un servicio público por razones
discriminatorias es considerado una infracción penal tipificada
en el 511 y siguientes de nuestro Código Penal. Argumentar
que el uso del hiyab atenta contra las normas democráticas
y contra la Constitución esta fuera de lugar. Lo maligno y
antidemocrático es que una dirección de un centro niegue la
escolarización a Fátima por el tema del pañuelo o al contrario
desescolarizar a una niña al llegar a secundaria obligatoria
como hacen algunos padres. No obstante resulta excesivo relacionar
esto con la ablación de clítoris, la amputación de manos a
los ladrones, la lapidación de las adulteras y la venta de
mujeres en matrimonio. Es todo un despropósito que en nada
ayuda a una verdadera integración democrática de la diversidad
étnica.
En cuanto al multiculturalismo gangrenoso para la sociedad
que denuncia Azurmendi, presidente del Foro de la Inmigración,
es verdad que cualquier proceso segregacionista acaba con
las sociedades democráticas, pero no es correcto generar confusión
con este tema deduciendo que la evolución diferenciada de
las culturas de los diferentes grupos étnicos o religiosos
conlleva ineludiblemente al apartheid, y menos correcto aún
propiciar el rechazo al pluralismo, a la convivencia entre
culturas y alimentar la xenofobia por plantear inadecuadamente
el debate. Europa es multicultural y multiétnica, es diversa
religiosamente y plurilingüe, y 320 millones de europeos demuestran
como nos organizamos democráticamente.
Por una sociedad intercultural
La historia de España se podría escribir desde una perspectiva
intercultural, observando las aportaciones de celtas, iberos,
tartesos y vascos, la aportación de pueblos navegantes como
los fenicios, griegos y cartagineses, pasando por romanos,
suevos, o visigodos entre otros, hasta los árabes, judíos
ó gitanos. De la convivencia cultural nace el arte mozárabe,
la literatura medieval, la ciencia médica o la huerta de Valencia,
por ejemplo. Pero la intolerancia también tiene su historia
y desde la Inquisición, creada para arrasar la cultura, hasta
la dictadura franquista que persiguió todo rasgo de diferenciación,
hay una intransigencia feroz solo evitada en períodos tolerantes
y democráticos como fue el caso de la I y II República que
reconocían la diversidad de pueblos y culturas.
Sin embargo, hoy la sociedad democrática es cada vez mas intercultural
al igual que la globalización es un hecho, aunque aún se necesite
mucha armonía, respeto y justicia para avanzar en unas relaciones
entre culturas y grupos étnicos, de apertura, interacción
y reconocimiento mutuo de sus respectivos valores y formas
de vida. En definitiva, se trata de establecer relaciones
de carácter igualitario donde los implicados tengan la misma
consideración y sin que las diferencias impliquen superioridad,
inferioridad, ser mejores o peores. Desde luego pretender
la aculturación, la renuncia de un colectivo a sus propios
patrones culturales o sociales, o pretender la uniformidad
cultural que solo existe como aspiración, no solo son objetivos
imposibles sino antidemocráticos. Otra cosa es que desde la
diversidad cultural se comparta una ética universal fundamentada
en la igual dignidad y derechos para todas las personas. En
eso estamos y queda tela que cortar.
Mientras tanto, como decía un mural, si tu Dios es judío y
tu coche japonés; si tu pizza es italiana y tu gas es argelino;
si tu café es brasileño y tus vacaciones marroquíes; si tus
cifras son árabes y tus letras son latinas.¿cómo atreverte
a decir que tu vecino es extranjero?. En fin, lo que realmente
echamos en falta es la virtud de la tolerancia solidaria y
mas respeto por la dignidad y los derechos humanos, que son
de y para todos, en una sociedad que o es intercultural o
simplemente no será sociedad.
Esteban Ibarra
Presidente
Movimiento contra la Intolerancia
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